Héctor Guerrero

LOS TOCABLES
Cuando la política sustituye el análisis por el espectáculo emocional, el debate público se empobrece y las soluciones se vuelven cada vez más superficiales.


México comienza a ser observado por Estados Unidos menos como un socio comercial y más como un desafío de seguridad. Ese cambio conceptual es enorme. Y sus implicaciones pueden ser todavía mayores.


Mientras las estadísticas presumen crecimiento, millones de aficionados siguen observando desde la distancia que impone el precio de una entrada.


Lo que se observa con Estados Unidos no es una ofensiva militar. Tampoco una ruptura diplomática. Lo que existe es una estrategia de presión menos espectacular, pero potencialmente más efectiva.


La libertad de expresión jamás se diseñó para proteger medios dóciles o periodistas alineados con el gobierno. Su razón de existir consiste precisamente en garantizar el derecho a cuestionar, incomodar, exagerar e incluso irritar al poder.


La presidenta Claudia Sheinbaum exige pruebas “contundentes†y Rubén Rocha simplemente se esfuma. Nadie lo ve. Nadie lo escucha. Nadie sabe exactamente dónde está.


El dato más delicado de todo el caso Rocha Moya es que Palacio Nacional parece más concentrado en protegerlo y contener daños internos que en desmontar estructuralmente las redes criminales bajo sospecha.


El viejo reflejo priista reapareció intacto: primero negar, después victimizarse y finalmente acusar conspiraciones extranjeras. El problema para Palacio Nacional consiste en que la presión ahora proviene de Washington.


Blindar a Rocha Moya podría interpretarse como encubrimiento y alimentar la narrativa del narcogobierno. Soltarlo significaría abrir una crisis interna en Morena y enviar una señal de fragilidad dentro del propio aparato oficialista. 


A diferencia del México que ya habíamos superado, lo que se observa hoy es distinto: una centralización más directa, menos mediada, más institucionalizada en su diseño legal y, por ello, más difícil de revertir por vías ordinarias.


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