“Todo cinismo se reduce a cambiar el signo del vicio que se padece y proclamarlo como virtud”, José Ortega y Gasset (Ideas y creencias).
Reconozco que lo de Adán, el pecado, la manzana, la serpiente, el paraíso, la costilla, la expulsión y todo lo demás son símiles muy facilones, y me consta que están siendo utilizados con profusión en estos días. Pero convendrán conmigo en que dan mucho juego. Me ha gustado el de la costilla (sin perjuicio de ninguno de los demás) por aquello de la imagen y la semejanza, y eso de la “carne de mi carne y hueso de mis huesos”, que dice el Génesis. Andrés Manuel López Obrador creó, a partir de un grupo de disidentes priístas dizque de “izquierda”, un partido, y luego un movimiento, moldeado desde luego como una prolongación de sí mismo. De sus costillas, podría decirse, nacieron muchas criaturas, y una de las más acabadas y conspicuas es la de Adán Augusto López Hernández.
Como su historia es bien conocida, no abundaremos demasiado en ella. Baste decir que ocupó la máxima autoridad de Tabasco, patria chica del gran Tlatoani, y que después fue designado nada menos que Secretario de Gobernación, dicen que para neutralizar las aspiraciones de Ricardo Monreal. Lo que está claro es que Adán es familia y amigo de la niñez de AMLO, y que fue un operador de primer orden en el camino a la designación de candidato para 2024. Por qué no resultó escogido este hermano político del jefe, carne de su carne, ha tenido diversas interpretaciones, pero hete aquí que sale a la luz que contra Hernán Bermúdez, que fuera el secretario de seguridad en Tabasco durante el gobierno de Adán, se ha girado orden de aprehensión por sus vínculos con el crimen organizado. Ya se ha revelado, además, que está siendo investigado desde el año pasado.
Ahora toca especular sobre si conocía o no las actividades de su subordinado, pero en cualquiera de los casos, y como mínimo, la responsabilidad política del que fuera operador de confianza de López Obrador es innegable. Lo mismo que lo fue la de Calderón en el caso de García Luna. No olvidemos, por supuesto, que tanto el expresidente como el exsecretario de gobernación arremetieron en su día con fuerza contra los medios que ya anticipaban la identificación entre los miembros del grupo criminal “La Barredora” y los mandos de seguridad de Tabasco, lo cual redobla la responsabilidad, insisto, al menos política, de ambos. Con lo cual, la disyuntiva que se dibuja queda entre corruptos, si estaban al tanto, o incompetentes, por no decir otra cosa, si no lo estaban, ambas cosas poco halagüeñas.
¿Y cuáles han sido las reacciones desde presidencia y al interior de Morena? Variopintas, coloridas, pintorescas. Primero, Claudia dijo que sería conveniente que Adán diera su versión, mientras él se limitaba a decir que estaba a las órdenes de la autoridad. Luego, desde la mismísima tribuna de Lynch que es la mañanera, Sheinbaum afirmó no estar a favor de los linchamientos mediáticos. Los senadores cerraron filas, Morena, aparentemente, defendió a Adán, aunque se están dando movimientos centrífugos y centrípetos aprovechando la ocasión. Por un lado, grietas, por otro, llamamientos a la unidad. Algunos andan cundiendo el rumor de que “si están con Adán, no están con Claudia”, lo cual es sólo un intento de control de daños por lo que pueda venir, y además genera la sensación de que si el río suena, es que agua lleva. Finalmente, el interfecto dijo, con un lenguaje bien conocido, que todo cuanto rodea el caso es pura politiquería, y hasta ahí quedó, por ahora, la cosa.
¿Alguna disculpa, algún acto de contrición, aunque el pecado haya sido por omisión? Absolutamente nada. Ah, pero usted, ciudadano, si osa hacer una crítica, discúlpese 30 veces seguidas, ¡qué digo 30! ¡70 veces 7! Y eso que, como todos nos tememos, lo que sabemos sobre las interacciones entre narco y gobierno es la mera punta del iceberg. La larga historia de la colusión entre el poder y el crimen organizado, desde la propiedad de la casa donde torturaron a Camarena hasta esto de hoy, pasando por García Luna o Rebollo, así lo atestigua. La capilaridad que, después de tanto tiempo, aún no tiene el Estado, la tiene el narco. He aquí el que puede ser origen y consecuencia, al mismo tiempo, del problema. Desde siempre, la falta de control territorial efectivo resultó un desafío de primer orden para el México independiente, y después de la Revolución lo siguió siendo. De ahí la permanencia, por más que le pesara a la autoridad central, de los caudillos locales, y de ahí también la constante tensión entre centralismo y federalismo que es rasgo primordial del Estado mexicano, prácticamente desde su nacimiento como tal.
Así que es tal el grado de mezcla, anda todo tan podrido, que es difícil no mancharse incluso con buenas intenciones. A veces se ven maneras de actuar en las que se adivina un modelo, una solución a modo de muestra que se propone a los alumnos antes de entregarles un libro, solución por la cual se guiarán en lo sucesivo. Hernán Bermúdez es hueso de los huesos de Adán Augusto, pero apostaría a que todo queda en un “fuese, y no hubo nada”, como en la poesía de Cervantes. En la historia, sea reciente o no, es rarísima la excepción en la que este tipo de sucesos tiene consecuencias más allá de, si acaso, la interrupción de una más o menos brillante o ambiciosa carrera política. Y a veces, ni eso. Quedará, como se suele decir, en un estate quieto y listo. En el Congreso Nacional de Morena le gritaron “¡No estás sólo!”. Igual ese es el problema, que le hubiera valido más estar sólo que mal acompañado. Como pasa tantas veces, sin que nunca pase nada.