Jéssica Rosales
Denunciar es un derecho. Lo que no es un derecho es ejercer la misma violencia que se dice combatir, ni mucho menos utilizar esa narrativa como escudo para insultar, hostigar o desacreditar a lo que ellos consideran sus adversarios políticos.
La postura más eficaz —que es la que ha sostenido el gobernador Coahuila— ante provocaciones de bajo nivel es la indiferencia.
Utilizar la bandera feminista para evadir responsabilidades no fortalece la causa, la daña. Porque la verdadera igualdad también implica aceptar que las mujeres en el poder deben ser juzgadas con el mismo rigor que los hombres.
A veces un asunto se resuelve a favor del denunciante o del acusado no porque la justicia haya encontrado la verdad, sino porque el sistema cometió errores. El juez está obligado a dudar y a respetar el debido proceso.
La niñez ha migrado a plataformas digitales sin la supervisión adecuada, mientras los agresores han perfeccionado sus métodos.
Hoy, con más control político, más discurso moral y más seguidores movilizados, parece que el poder ya no tolera el escrutinio, y eso es peligroso. Cada crítica se señala como ataque al pueblo.
La marcha no se explica por un influencer, ni por un contrato de publicidad, ni por un expediente laboral. Se explica por un país que ya no convence a sus jóvenes.
Todo se transforma cuando cambiamos la intención: de comprar por impulso a comprar con propósito.
El feminismo de ocasión que se enciende según la conveniencia partidista, es precisamente lo que debilita la causa de las mujeres en México. La lucha contra la violencia de género no admite excepciones.
El gobierno federal centraliza recursos, fortalece al Ejército y sostiene programas clientelares con fines electorales. ¿Dónde están los diputados de Morena por Coahuila?
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