Enrique Martínez y Morales
Sigue siendo tierra de trabajo, de comunidad y de familia, orgullosa de sus tradiciones y de esa hospitalidad que hace sentir en casa a quienes la visitan.
El futbol y la vida no siempre son justos y a veces no gana quien mejor juega. A veces gana quien entiende que el verdadero rival no está enfrente, sino dentro de uno mismo.
La incertidumbre existe. Nadie puede negarla. Pero también existe una realidad mucho más sólida: después de más de 30 años, la integración comercial de Norteamérica ya dejó de ser solo un tratado.
El verdadero patriota no es solo quien ondea una bandera o canta el Himno Nacional. También es quien se agacha, recoge un papel del suelo y, sin decir una palabra, les enseña a sus hijos cómo se construye un México mejor.
No había teléfonos inteligentes para documentarlo ni redes sociales para compartirlo. Las experiencias vivían únicamente en la memoria. Quizá por eso permanecen tan nítidas.
Así como un padre demuestra su amor estando presente para sus hijos, los hijos honran a sus padres dedicándoles tiempo, escuchándolos, visitándolos y acompañándolos.
México no enfrenta una crisis demográfica. Enfrenta una transición demográfica. El envejecimiento de nuestra población es una oportunidad para construir una mejor sociedad para todos.
Después de tres décadas construyendo el futuro juntos, México, Estados Unidos y Canadá ya no somos solamente socios comerciales. Somos partes distintas de una misma fábrica.
El futbol educa incluso sin dictar cátedra: enseña a perder con dignidad, a ganar sin humillar y a insistir cuando el marcador va en contra.
Ver triunfar un proyecto que ayudamos a construir y que continúa sin nosotros debe ser uno de los golpes más duros para el orgullo humano. Mustaine pudo haberse hundido.
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