Rogelio Ríos Herrán
No es fácil admitir los errores, mucho menos en la política mexicana; Xóchitl lo hace genuínamente.
Andrés Manuel ya dio muestras públicas de lo que viene para la Presidenta desde ahora: una cohabitación incómoda con el presidente.
México ha un paso gigantesco hacia el deterioro de la democracia, la Constitución y las leyes que, mal o bien, nos dieron un país de instituciones y una “frágil democracia”.
No faltarán recursos a Trump para continuar esta y otras batallas legales, pero el golpe del 30 de mayo que le dio la Corte del Distrito de Manhattan y los fiscales a cargo de Alvin Bragg, fue brutal e histórico en su significado.
¡Qué pequeño se ve Andrés Manuel en su trinchera ideológica! Incapaz de argumentar e intolerante con la crítica. No hay asomo de estatura moral o intelectual.
López Obrador se exhibe como la mejor prueba de la traición a sí mismo y a sus seguidores en el enorme abismo entre lo que dice y lo que hace.
Si les va bien el Presidente figurará en los libros de texto como estudio de caso de lo que no se debe hacer en la gestión gubernamental y en el liderazgo de una nación: ¡combatir al combate a la corrupción!
La atmósfera de violencia en la que todos los mexicanos convivimos no tiene nada de normal, nos carcome lentamente, ¿por qué no reconocemos el problema y lo enfrentamos?
Los debates revelan personalidades de los contendientes: las de Xóchitl y Claudia son perfiles opuestos en lo emocional e intelectual. La de Jorge ha sido una sorpresa para mucha gente.
Al arranque de su gobierno, su voz sonaba firme y retumbaba en las paredes del Salón Tesorería del Palacio Nacional, hoy el cansancio físico y mental es evidente.
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