Si tuviera salud me dispondrÃa a caminar cada mañana desde que la ciudad comienza a desparramar su somnolencia, el aire irriga vida en cada poro del rostro e infiltra las piernas llamando a moverlas, saludarÃa al guardia del edificio de la cuadra con el cual me cruzo todas esas mañanas de luces tenues porque siempre sonrÃe con un “buen dÃa†consolador por los que nadie más regalará.
De tener esa salud ausente irÃa por las librerÃas sin prisa a escudriñar la nueva antologÃa de Raymond Carver o la poesÃa de Elizabeth Bishop, como a otros les puede insuflar el pecho ir a una concesionaria de autos a hurgar sobre últimos modelos. De regreso a casa amontonarÃa la compra en algún rincón donde se apoltronan los adeudos de lecturas para cuando el tiempo permita leerlos y harÃa las cuentas de cuál serie de las que no se hablan tanto podrÃa sentarme en la noche a sumergirme en su mundo de fabulación. De tener salud, me acabarÃa cuanta lectura tuviera a la mano para inflamarme de relatos y explicaciones que me dieran armas para formatear ideas del lugar del mundo en que estoy parado, aunque su destino solo alcance a acurrucarse entre neuronas.
Si tuviera salud harÃa que el tiempo fuese sobreexplotado. Cumplir con la rutina y lo que me proponga. Amanecer sin sol aún frente a la computadora para hilvanar en texto las lÃneas que el dÃa anterior fracasaron, llamar a la gente con la que necesito encontrarme y evitar a las que se atienden por obligación. Hallar el rato para compartir el desayuno o la cerveza con quienes me estiman. Me animarÃa a cantar y harÃa ejercicios de memoria para recordar los nombres de viejos rostros que de algo sirvieron. Para aprender de las tragedias o de cómo hallar las certezas. Si tuviera salud admitirÃa que procrastinar ayuda a tomar con ligereza los tiempos que quieren imponernos.
Con salud, harÃa la dieta que se recomienda para la edad, le darÃa mayor lugar a las vacaciones y a descubrir los lugares que las agencias de turismo y los gobiernos no patrocinan, contribuirÃa a que no está nada bien eso de normalizar la extorsión, la criminalidad para quien protesta, la destrucción de la selva para llevar un tren, las miserias de niños asesinados o encarcelados, que te puedan pisotear las ideas, o que ya no hay arreglo para la corrupción perenne.
Si tuviera salud le esquivarÃa a las intermitencias de la risa y pondrÃa un cerrojo contra los momentos de mal humor. DestazarÃa al huraño que asoma de tanto en tanto. HarÃa de un espléndido dÃa, un recuerdo constante. Todo eso, ahora que tengo salud, y me falta hacer.