Puede que ocurra en el estreno de “La Odisea†o en un sábado a la tarde del Buen Fin en el centro comercial. El consumidor se lanza a zancadas y con el apetito desaforado por ser parte de la novedad, que la historia no le deje desamparado a un costado. Ocurrió este jueves pasado y asà se repitió el viernes y el fin de semana. En la inauguración de la sucursal de una cadena de panaderÃas de la Ciudad de México, la gente hacÃa fila hasta fuera de las instalaciones por el preciado café, las donas, el helado y las baguettes, con la ansiedad de un niño por su regalo ganado a fuerza de berrinches. No era que los precios hacÃan la ganga del año ni que la calidad inexistiera a decenas de cuadras a la redonda –otra sucursal similar a 12 calles de allà ya es un éxito desde hace un año–, como una epidemia tras la novedad caÃan allà cual si fueran el mejor guion de series de zombis.
La fiebre por consumir es una marca de época, sin importar precios inflados, calidad de descarte u origen más remoto –Occidente alimenta desde hace décadas la más siniestra propaganda anti–China, pero sus productos son el supermercado planetario. Los centros comerciales y algunas calles imantan como zombis, pero se transforman también en el lugar de excursión y entretenimiento para unos ojos y aspiraciones que incluso nunca estarán al alcance del bolsillo, donde hallar esa oportunidad única solo es parte de una ficción mental. Será entonces el momento de ir al mercado negro, al de las copias y los plagios. Consumo aspiracional también. El fenómeno de la panaderÃa tan adictivo para las clases medias, baja a la periferia de la escala social y hace a la felicidad su fin más noble.
El consumo, alimentado por un salario que no se achica ante el costo de vida, es la escala inmediata de la euforia para cualquiera que gobierne. Una manera de sostener el reposo social y vender crecimiento. Pero consumo sin inversiones, la otra pata para unos números en ascenso, se convierte en un espejismo a mediano plazo. Y eso no es que forme parte cotidiana de las conversaciones en la mesa de la panaderÃa de cadena mientras el capuchino evapora su aroma. En México, el salario ha dado una vuelta de página a partir de 2018. Desde entonces su incremento nominal es del 228%, mientras que el consumo final –en el primer trimestre del año–, representaba 81.5% del PIB. Contrastado con inversiones, se revierten los paralelismos. La formación bruta de capital fijo cayó 3.3% nominal, un descenso de su participación de 22.7 a 21.2% del PIB en un año. Las empresas toman crédito en la banca comercial en 24.5% de los casos, el resto proviene del financiamiento de proveedores. Y en cuestión de la inversión extranjera, una pequeña parte del total nacional, 89% lo hace por reinversión de utilidades y no por nuevos flujos externos. Para tener capacidad de consumo se necesita de la producción que generan las inversiones. Se vive asà al dÃa a dÃa, pero la apuesta a largo plazo destaca por su orfandad.
En la panaderÃa, una variedad de sus productos son ultraprocesados. ¿Dónde no encontrar ultraprocesados hoy en dÃa? Los nutricionistas dicen que es uno de los males de la alimentación actual, como no se veÃa hace más de dos décadas. Y lo corroboran estudios como el de The Lancet de 2025. Sus consecuencias, dice, afectan la salud global. De por medio esta “el afán de lucro empresarialâ€, sentencia, no se trata de mejoras a la nutrición ni la sostenibilidad ambiental, y pide a los gobiernos desescalar esta situación con sus disposiciones para proteger a la humanidad. Pero para que se consuman ultraprocesados para todo –la verdura envasada, la carne envasada, la fruta envasada, el pan envasado–, no se trata solo del marketing y la presión del lobby empresarial que atrapan en cada compra sino de nosotros y nuestros tiempos, los del trabajo y los del ocio, nuestra pereza para alimentarnos bien y la apatÃa para estar informados, la holgazanerÃa para resistir y la flojedad para aceptar un estilo de vida al que se quiere pertenecer, aunque nos perjudique. Cabezas ultraprocesadas es lo que menos necesitamos.