El dolor también se politiza

Una sociedad fuerte es la que convierte la indignación por el maltrato animal en justicia y no en desinformación.
24/07/2026

Hay historias que sacuden a una comunidad entera. Esta semana, Saltillo vivió una de ellas.

Nuestra ciudad suele aparecer en las noticias nacionales por razones muy distintas: por sus niveles de seguridad, empleo formal, por su competitividad, por la llegada de inversiones, por la estabilidad que durante años ha permitido que miles de familias vivan con una tranquilidad que, lamentablemente, ya no es común en muchas regiones del país.

Pero bastó un video para cambiar por completo la conversación.

Las imágenes eran difíciles de procesar. Una mujer atropellando deliberadamente a su propio perro y después arrastrándolo por las calles de uno de los fraccionamientos más exclusivos de la región. Vecinos que documentaron los hechos, rescataron al animal y lo trasladaron de inmediato a un hospital veterinario. La indignación fue inmediata.

Y tenía que serlo. Porque hay actos que rebasan cualquier explicación y que despiertan lo más profundo de nuestra empatía. Rocky dejó de ser únicamente un perro. Se convirtió en el símbolo de una crueldad que nadie está dispuesto a tolerar.

La sociedad reaccionó. Los colectivos animalistas presentaron denuncias, organizaron manifestaciones y exigieron justicia. Las redes sociales hicieron lo suyo. En cuestión de horas el caso había recorrido todo México y comenzaba a trascender fronteras. Actores, artistas, influencers y activistas compartían el video mientras miles de personas seguían minuto a minuto el desarrollo de los acontecimientos.

Hasta ahí, la historia tenía una lógica perfectamente entendible. Lo preocupante vino después.

Conforme crecía la indignación también comenzaron a multiplicarse los rumores. Que el perro había sido cambiado para ocultar su estado. Que la responsable tenía protección política. Que ya existía un amparo. Que no sería castigada por su posición económica. Más tarde aparecieron versiones asegurando que incluso la mujer detenida no era realmente la responsable. Cada hora surgía una nueva teoría.

Mientras tanto, las autoridades actuaban de manera concreta: se integró la carpeta de investigación, se cateó el domicilio, se localizó y detuvo a la presunta responsable, fue presentada ante un juez, vinculada a proceso y se le impuso prisión preventiva mientras continúa el procedimiento judicial.

Es decir, una cosa ocurría en las instituciones y otra muy distinta en las redes sociales.

Algunos actores políticos comenzaron a sumarse públicamente a la conversación. Se etiquetaba al alcalde, al fiscal, al gobernador. El caso dejó de discutirse únicamente como un episodio de crueldad animal para empezar a presentarse como una supuesta prueba de impunidad institucional, aun cuando las propias instituciones estaban actuando con rapidez.

Y ahí es donde una tragedia deja de pertenecer únicamente a las víctimas para convertirse también en un campo de batalla político.

No significa que la ciudadanía no deba exigir justicia. Al contrario. La presión social ha sido fundamental para que hoy los delitos contra los animales sean perseguidos con mayor firmeza que hace algunos años. Una sociedad que se indigna frente al sufrimiento de un ser vivo es una sociedad más sana que aquella que permanece indiferente.

Pero exigir justicia nunca debería significar fabricar versiones sin evidencia.

Porque cuando los hechos son sustituidos por rumores; cuando cualquier actuación oficial se considera falsa por definición; cuando la verdad deja de importar porque resulta más útil alimentar la indignación, entonces el objetivo ya no es proteger una causa. Es construir una narrativa.

Y eso termina dañando precisamente aquello que decimos defender. Rocky murió. Esa es la verdadera tragedia de esta historia.

Nada devolverá la vida a un animal que dependía completamente de quienes debían cuidarlo. Pero precisamente por respeto a él, la justicia debe construirse con pruebas, con instituciones y con el debido proceso, no con especulaciones.

Coahuila ha logrado construir durante años algo que cuesta mucho trabajo conseguir: instituciones que, con sus áreas de oportunidad como cualquier otra, han demostrado capacidad para responder frente a hechos de alto impacto. Esa confianza también forma parte del patrimonio colectivo de los coahuilenses y no debería ponerse en riesgo a partir de versiones que nadie puede acreditar.

Defender a Rocky y defender el Estado de derecho no son causas opuestas.

Las dos pueden caminar de la mano. Porque una sociedad fuerte no es la que deja de indignarse frente a la crueldad. Es la que convierte esa indignación en justicia y no en desinformación.



EVA FARÍAS VALDEZ es periodista y comunicóloga coahuilense, con más de 20 años de experiencia en comunicación, imagen y relaciones públicas. Es mamá y escribe desde una mirada cercana y profundamente humana: conecta la vida cotidiana con los grandes temas de nuestro tiempo, especialmente las mujeres y la comunidad. Cree en las historias como una forma de acompañar y transformar, y en la palabra como un impulso para construir entornos más justos y más humanos.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de Mobilnews.mx.

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