Me encontré a Luz Elena Morales en un evento. Platicamos apenas unos minutos y le comenté algo que había venido escuchando durante los últimos días: los comentarios positivos en torno a su regreso al Congreso de Coahuila. La conversación fue breve, pero me dejó pensando.
Luz Elena no regresaba simplemente de una licencia. Regresaba después de una campaña, de recorrer nuevamente su distrito y, sobre todo, después de haber pasado por las urnas.
Y entonces pensé en una pregunta mucho más amplia: ¿para qué sirve realmente la reelección?
La respuesta más sencilla sería decir que permite a un político permanecer en el cargo. Pero, al menos en teoría, debería servir exactamente para lo contrario: para que sean los ciudadanos quienes decidan si alguien merece permanecer.
Luz Elena dejó temporalmente la presidencia de la Junta de Gobierno del Congreso para volver al territorio, hacer campaña y pedir nuevamente la confianza de sus electores. Obtuvo más de 51 mil votos y hoy regresa a terminar la Legislatura sabiendo que formará parte también de la siguiente. Pasó el examen.
Porque las urnas son, quizá, el examen más claro al que puede someterse un representante popular. No garantizan buenos políticos ni convierten una victoria en un cheque en blanco, pero permiten algo elemental en cualquier democracia: premiar o castigar directamente a quien ya ejerció el cargo.
Lo paradójico es que México acaba de decidir que ese examen tenga fecha de caducidad. En 2025 se reformó la Constitución para volver a prohibir la reelección consecutiva de legisladores y presidentes municipales. La disposición tendrá efectos electorales a partir de 2030.
Vale la pena preguntarnos qué ganamos y qué perdemos con esto.
Durante décadas, en México construimos carreras políticas en las que un legislador podía saltar de un cargo a otro sin regresar necesariamente frente a los mismos ciudadanos para preguntarles si estaban satisfechos con su trabajo. La reelección modificó, al menos parcialmente, esa lógica.
Y casos como el de Luz Elena permiten observarla funcionando: dejar el cargo, volver al territorio, pedir nuevamente el voto y regresar con una legitimidad renovada por las urnas.
Curiosamente, mientras hablamos cada vez más de rendición de cuentas y de acercar la política a los ciudadanos, estamos a pocos años de eliminar uno de los pocos mecanismos que obligaba a nuestros representantes a hacer precisamente eso.
Volver frente a quienes los eligieron y preguntarles: ¿quieres que continúe?
Desde el norte, quizá valga la pena hacernos esa pregunta antes de que dejemos de poder hacerla.