Durante años, México ha dependido del gas que compra en el extranjero para mantener funcionando buena parte de su industria, a pesar de tener un enorme potencial de este recurso bajo su propio territorio. Y una parte de ese potencial está en Coahuila.
Esta semana, el gobierno federal abrió una nueva etapa para evaluar la viabilidad de desarrollar yacimientos de gas no convencional en la cuenca Sabinas–Burro-Picachos, ubicada en Coahuila.
La decisión no significa que mañana comenzarán las perforaciones ni que el fracking tenga ya luz verde. Significa que después de años en los que esta posibilidad prácticamente quedó fuera de la política energética nacional, México está dispuesto a volver a estudiarla. Para Coahuila, la noticia tiene una dimensión especial.
Somos uno de los estados más industrializados del país. Aquí se producen vehículos, motores, autopartes y acero; existe una extensa cadena de suministro, proveedores y miles de empresas que forman parte de uno de los ecosistemas manufactureros más importantes de Norteamérica. La industria ya está aquí.
Lo que ahora aparece sobre la mesa es la posibilidad de aprovechar también una fuente de energía que se encuentra bajo nuestro propio territorio. Y eso puede cambiar la conversación.
El desarrollo responsable del gas natural en Coahuila no significaría solamente abrir pozos. Podría significar inversión, infraestructura energética, empleos especializados, transporte, ingeniería, tecnología, servicios y nuevas cadenas de proveeduría. Pero, sobre todo, podría fortalecer una de las principales ventajas competitivas del estado: su capacidad industrial.
En un momento en el que las empresas toman decisiones de inversión considerando no solamente ubicación, talento o infraestructura, sino también la disponibilidad y seguridad del suministro energético, contar con mayores fuentes de gas puede convertirse en un factor estratégico.
Hay además un contraste imposible de ignorar. Al otro lado de nuestra frontera, Texas lleva años aprovechando el gas de formaciones de shale y construyó alrededor de él una enorme actividad económica. De este lado, Coahuila comparte una geología con importante potencial, pero buena parte de ese recurso permanece sin desarrollar. Eso no significa que debamos explotarlo a cualquier costo.
El agua representa probablemente el mayor límite de esta discusión. En un estado con las condiciones hídricas de Coahuila, cualquier proyecto deberá demostrar primero que no compromete los acuíferos ni utiliza agua destinada al consumo humano o agrícola.
Precisamente por eso, las recomendaciones presentadas al gobierno federal establecen condiciones estrictas antes de avanzar, entre ellas estudiar la disponibilidad de agua salada profunda, proteger los acuíferos y reutilizar buena parte del agua empleada durante el proceso.
Todavía falta responder preguntas fundamentales: cuánto gas es realmente recuperable, cuánto costaría extraerlo, qué infraestructura sería necesaria y, principalmente, si puede hacerse de manera ambientalmente responsable.
Pero investigar esas respuestas es muy distinto a cerrar la puerta antes de conocerlas. Coahuila ha construido durante décadas una de las economías industriales más importantes de México. Tenemos ubicación, infraestructura, talento, experiencia manufacturera y una profunda integración con el mercado de Norteamérica. La posibilidad de sumar energía a esa ecuación merece, cuando menos, ser estudiada con seriedad.
Durante décadas construimos una potencia industrial con lo que sabemos hacer arriba de la tierra. Ahora tenemos que averiguar, responsablemente, qué oportunidad existe debajo de ella.