Que un mexicano haya sido designado relator especial de las Naciones Unidas para la libertad de opinión y de expresión tendrÃa que ser motivo de orgullo. Y sà es, aunque también deberÃa incomodarnos.
Leopoldo Maldonado, hasta ahora director de ArtÃculo 19 para México y Centroamérica, asumirá una de las posiciones internacionales más importantes en la defensa de la libertad de expresión. Será el primer mexicano en ocupar este mandato y llevará ante el mundo una experiencia construida, en uno de los paÃses más peligrosos para ejercer el periodismo.
México le da al mundo un relator para defender la libertad de expresión, mientras sigue teniendo una deuda con la protección de quienes la ejercen. Desde el año 2000, ArtÃculo 19 ha documentado 178 asesinatos de periodistas posiblemente relacionados con su labor informativa. A ellos se suman comunicadores desaparecidos, desplazados, amenazados o forzados a abandonar investigaciones y comunidades enteras. Reporteros Sin Fronteras mantiene a México como el paÃs más letal para la prensa en América.
Y el peligro no solo aparece cuando se dispara un arma.
También comienza cuando un alcalde amenaza; cuando un funcionario utiliza el aparato público para perseguir; cuando se retira publicidad como castigo; cuando se presenta una demanda para agotar económicamente a un medio; cuando se filtran datos personales; cuando se desacredita al periodista desde una tribuna gubernamental o cuando se utilizan ejércitos digitales para convertir una investigación incómoda en una campaña de odio.
Desde el norte vale la pena hacer una reflexión. En Coahuila solemos valorar la estabilidad, la gobernabilidad y las instituciones. Precisamente por eso, la libertad de expresión debe entenderse como parte de ese patrimonio. Una sociedad donde los periodistas pueden preguntar, investigar y cuestionar fortalece a sus instituciones; una donde el silencio sustituye al debate termina debilitándolas.
Por eso el nombramiento de Leopoldo Maldonado no debe leerse únicamente como un reconocimiento personal. Es un recordatorio de todo lo que México no ha resuelto.
La libertad de expresión no se garantiza en los discursos ni en las ceremonias. Se demuestra cuando un reportero puede cuestionar al poder sin perder el empleo; cuando un medio puede publicar sin ser castigado; cuando una periodista puede volver a su casa sin miedo y cuando una investigación recibe una respuesta institucional, no una amenaza.
El nuevo relator mexicano tendrá la responsabilidad de observar al mundo. Ojalá el mundo también siga observando a México.
Porque mientras informar continúe siendo una actividad de riesgo, nuestra democracia seguirá incompleta.
Y porque un paÃs donde se silencia a quienes preguntan es, inevitablemente, un paÃs donde el poder termina hablando solo.