¿Qué pasa si la escuela deja de sentirse segura?

Una escuela no es solamente un edificio donde se enseñan matemáticas, español o historia. Para muchos niños representa orden, cuidado, pertenencia y, en ocasiones, el único espacio seguro que tienen.
02/10/2026

Desde que conocí lo ocurrido en la Secundaria General 13 de Torreón no he podido dejar de pensar en mi hija.

Pienso en ella entrando a su escuela, cargando su mochila, saludando a sus maestras y comenzando un día que debería ser completamente normal. Pienso también en mí, alejándome después de dejarla, confiando en que está en uno de los lugares más seguros que existen para una niña.

Y entonces aparece una pregunta que ninguna madre quisiera hacerse: ¿qué pasaría si algún día algo así ocurriera en su escuela?

El jueves, dos jóvenes de 18 años, exalumnos del plantel, ingresaron a esa secundaria y atacaron a quienes encontraron en su camino. La subdirectora, Nery Edith Nevárez González, perdió la vida y varias personas resultaron heridas. Una mañana de clases se convirtió, en cuestión de minutos, en una escena de terror.

Más allá de los datos de la investigación, hay algo profundamente doloroso en que esto haya sucedido dentro de una escuela. Porque una escuela no es solamente un edificio donde se enseñan matemáticas, español o historia. Para muchos niños representa orden, cuidado, pertenencia y, en ocasiones, el único espacio seguro que tienen.

Por eso este caso nos golpea de una manera distinta.

Como madres y padres hacemos todo lo posible por proteger a nuestros hijos. Cuidamos lo que ven, lo que escuchan, las personas con quienes conviven y los valores que aprenden en casa. Hablamos con sus maestros, conocemos sus horarios y tratamos de estar atentos a cualquier cambio en su comportamiento.

Pero no podemos controlar lo que sucede en todas las demás casas.

No sabemos qué están viviendo otros niños y jóvenes, qué violencia presencian, qué contenidos consumen durante horas en internet, a quiénes admiran ni qué resentimientos van acumulando. Tampoco sabemos cuántas señales se están perdiendo porque alguien creyó que eran una broma, una etapa, una publicación más o simplemente un problema que debía resolverse dentro de otra familia.

Y quizá ésa sea una de las partes más angustiosas de ser padres: saber que nuestros hijos comparten espacios con realidades que desconocemos por completo.

La información preliminar indica que los agresores de Torreón sentían admiración por autores de ataques cometidos en otros países. Ese dato obliga a mirar lo que desde hace años sucede en Estados Unidos, pero también a reconocer una realidad incómoda: la violencia ya no necesita cercanía geográfica para reproducirse. Viaja por videos, foros, algoritmos y comunidades digitales donde el odio puede convertirse en identidad y la crueldad, en una manera de obtener atención o pertenecer a algo.

Pero sería demasiado sencillo responsabilizar únicamente a las redes sociales o hablar de salud mental como si toda persona con sufrimiento emocional fuera peligrosa. La violencia de esta magnitud no suele tener una sola causa. Se construye con abandono, aislamiento, resentimiento, exposición constante al odio, ausencia de límites y señales que nadie supo —o quiso— atender.

Frente a eso, revisar mochilas o cerrar puertas puede ayudar, pero no es suficiente. Necesitamos escuelas con controles reales de acceso, protocolos claros de emergencia y comunicación inmediata con las familias. Pero también necesitamos mecanismos confidenciales para reportar amenazas, personal preparado para evaluar riesgos y coordinación entre maestros, psicólogos, autoridades y padres.

Sobre todo, necesitamos recuperar una responsabilidad colectiva que hemos ido perdiendo: observar, escuchar y actuar antes de que una amenaza se convierta en tragedia.

No podemos conocer lo que ocurre dentro de cada hogar. Tampoco podemos garantizar que nuestros hijos nunca estarán frente a una situación peligrosa. Lo que sí podemos exigir es que ninguna señal seria sea ignorada y que la prevención no comience después de contar a las víctimas.

Hoy siento tristeza por la familia de Nery Edith, por los heridos, por los alumnos que tuvieron que esconderse y por todos los niños que vieron romperse, en unos minutos, la idea de que su escuela era un refugio.

Y también siento miedo. No un miedo abstracto, sino el miedo profundamente humano de una madre que sabe que cada mañana entrega lo que más ama al cuidado de otras personas y confía en volver a recibirlo sano y salvo.

Tal vez muchas madres y muchos padres estemos pensando hoy exactamente lo mismo: ¿cómo protegemos a nuestros hijos de aquello que no podemos controlar?

No existe una respuesta que elimine por completo ese temor. Pero sí existe una obligación compartida: hacer todo lo necesario para que las escuelas sigan siendo el lugar seguro que prometemos a nuestros niños cada vez que los dejamos detrás de esa puerta.



EVA FARÍAS VALDEZ es periodista y comunicóloga coahuilense, con más de 20 años de experiencia en comunicación, imagen y relaciones públicas. Es mamá y escribe desde una mirada cercana y profundamente humana: conecta la vida cotidiana con los grandes temas de nuestro tiempo, especialmente las mujeres y la comunidad. Cree en las historias como una forma de acompañar y transformar, y en la palabra como un impulso para construir entornos más justos y más humanos.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de Mobilnews.mx.

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