México presume empleo récord, exportaciones históricas y una ola de nearshoring que promete transformar la economÃa. Sin embargo, detrás de esa narrativa optimista hay un dato que permanece prácticamente intacto desde hace décadas: la productividad mexicana no avanza al ritmo que el paÃs necesita. Es el gran pendiente estructural que atraviesa gobiernos, ciclos económicos y discursos triunfalistas.
Los indicadores oficiales muestran una tendencia clara: tanto la productividad laboral como la productividad total de los factores han tenido crecimientos marginales o nulos desde hace cuatro décadas. En algunos periodos incluso han retrocedido. Esto significa que, aunque México produce más en términos absolutos, no produce más por trabajador ni por unidad de capital. De hecho, México presume una población laboral que trabaja muchas horas a nivel mundial, pero que produce poco por trabajador. El paÃs crece, pero no es más eficiente.
El contraste internacional es evidente. EconomÃas emergentes comparables han logrado incrementos sostenidos en productividad gracias a inversión en infraestructura, educación técnica, innovación y fortalecimiento institucional. México, en cambio, ha tenido largos periodos de crecimiento económico bajo, con un PIB per cápita prácticamente estancado cuando se observa en horizontes de una o dos décadas. El paÃs genera más empleos, pero no necesariamente empleos más productivos.
Las causas son conocidas y persistentes. La informalidad, que absorbe a más de la mitad de la fuerza laboral, limita la capacitación, la adopción tecnológica y la eficiencia. La inversión pública en infraestructura, logÃstica y energÃa ha sido insuficiente para sostener un salto productivo. Las brechas educativas y la falta de habilidades técnicas y digitales frenan la transición hacia actividades de mayor valor agregado. Y la incertidumbre regulatoria desincentiva proyectos de largo plazo. Además, los niveles de inversión en tecnologÃa e innovación son diminutos comparados con algunas economÃas emergentes que tienen tasas de crecimiento aceleradas.
El nearshoring representa una oportunidad histórica, pero también una prueba. Las empresas que buscan relocalizar operaciones no solo quieren costos laborales competitivos: buscan productividad, energÃa confiable, infraestructura moderna y capacidad de escalar procesos complejos. Si México no eleva su productividad, corre el riesgo de quedarse en la parte baja de la cadena global: ensamblando, pero sin capturar el valor estratégico.
La conversación pública celebra empleo, estabilidad macroeconómica y un peso fuerte. Son logros importantes, pero no sustituyen una agenda seria de productividad. El verdadero debate deberÃa ser cómo lograr que cada hora trabajada en México genere más valor, mejores salarios y empresas más competitivas.
Porque al final, más allá de los discursos, la ecuación es simple: sin productividad, cualquier crecimiento es frágil.