Las palabras atribuidas a Joan Manuel Serrat sobre la vejez invitan a una reflexión profunda: vivir sin la compañía de la sociedad durante los últimos años de la vida es una forma de abandono… «como quemar libros en lugar de aprovechar todo lo que contienen».
La comparación resulta poderosa porque los libros representan conocimiento, experiencia, memoria y sabiduría acumulada. Algo semejante ocurre con las personas mayores.
Cada hombre y cada mujer que llega a la vejez lleva consigo una biblioteca de historias: aprendizajes, sacrificios, éxitos, errores, afectos y experiencias que ninguna tecnología puede sustituir.
La sociedad contemporánea, sin embargo, parece obsesionada con la juventud, la productividad y la velocidad. Con frecuencia se mide a las personas por lo que producen y no por lo que pueden aportar desde su experiencia. Cuando alguien deja de trabajar o disminuye su actividad económica, existe el riesgo de que también disminuyan sus espacios de participación social.
Ahí comienza una de las formas más dolorosas de la soledad: sentirse innecesario.
Envejecer no debería significar quedar al margen. Por el contrario, debería abrir una nueva etapa para compartir conocimientos, acompañar a las nuevas generaciones, participar en actividades comunitarias, culturales, educativas y familiares, y continuar construyendo sociedad.
Una persona mayor no es un libro terminado. Es un libro que todavía puede ser leído, comentado y compartido. Sus páginas contienen respuestas a preguntas que las nuevas generaciones apenas comienzan a formular.
Por eso, cuidar a nuestros adultos mayores no consiste únicamente en proporcionarles alimentación, vivienda o atención médica. También significa escucharlos, visitarlos, integrarlos y reconocer su dignidad. La compañía humana puede ser tan importante como cualquier otro cuidado.
La reflexión de Serrat adquiere especial relevancia en una época en la que las familias están más dispersas, las ciudades son más grandes y las relaciones sociales pueden volverse cada vez más digitales y menos presenciales.
Quizá el verdadero desafío de una sociedad que envejece sea aprender a mirar a sus mayores no como una carga, sino como un patrimonio humano.
Porque cuando una sociedad abandona a sus viejos, también está abandonando una parte de su propia memoria.
Y cuando decide escucharlos, integrarlos y aprender de ellos, descubre que la vejez no representa el final de la utilidad de una persona, sino una etapa en la que la experiencia puede convertirse en legado.
No quememos esos libros. Abrámoslos. Leámoslos. Escuchemos sus historias. Todavía tienen mucho que enseñarnos.