Según la frase que popularizó Mark Twain “Hay tres tipos de mentiras: mentiras, malditas mentiras y estadísticas”, en nuestro tiempo debemos incluir un aspecto quizá más poderoso: las Fake News.
De hecho hoy resulta más difícil discriminar aquello que es verdad o mentira, entre otras razones debido a las llamadas deep fakes, notas en las cuales aparecen personas reales reproducidas gracias a la IA, donde es difícil captar la diferencia de los personajes creados tecnológicamente de las personas reales.
La situación se torna peor cuando los gobiernos asumen que tienen el monopolio de la verdad y comienzan a combatir a quienes piensan diferente, sin intentar modificar la realidad, sino más bien el lenguaje.
No se descarrila el tren, se desliza fuera de la vía, no hay inundaciones, solo encharcamientos, tampoco terrorismo, sino, simplemente, ataques con explosivos, y así podríamos seguir.
El punto es que, como en la novela de 1984, la realidad puede ser borrada gracias al cambio de su denominación.
Como una crítica a la derecha, García Márquez lo expresa al hablar de la compañía bananera de Cien años de soledad, la cual borra una matanza gracias a que no deja rastro de ella en los medios de comunicación.
La realidad es una construcción social y personal, no en balde Calderón de la Barca nos advirtió que en este mundo traidor nada es verdad o mentira, sino que vemos las cosas en función del cristal que utilizamos para verlas.
O como de forma más directa nos advirtió Anaís Nin “no vemos las cosas como son, sino como somos”.
Como siempre digo a mis hijos, la gente ve lo que quiere ver. En esas estamos en estos días los mexicanos, pensando en si efectivamente antes todo estaba mal y hoy vivimos un renacimiento gracias a la 4T.
Pensando en si algunos de los miembros de ese movimiento son tan importantes que pueden retar a Trump como en su momento lo hizo Maduro, actual residente de los EUA.
No se trata, al menos yo no trato, de generar una mayor escisión entre los mexicanos, sino de generar un diálogo constructivo entre nosotros.
Es cierto, la polarización es un mejor negocio político, pero tiene costos sociales muy altos que como dijera el príncipe, en la película de Shrek, “estoy dispuesto a pagar”, al final de cuentas, no son, casi nunca, los gobernantes quienes pagan la factura.
Vamos a ver qué realidad nos toca vivir… o sufrir.