El 27 de febrero se anunció el primer caso de Covid-19 en México, un hombre con sÃntomas leves que habÃa estado en Italia. Desde ese momento, los noticieros de televisión persiguieron las historias de esta enfermedad a todas partes.
A muchos nos sonaba a un padecimiento raro, difÃcil de contraer, más propio del paÃs de la Gran Muralla y su comida singular.
Luego, el 18 de marzo, palabras fatales: muere el primer mexicano por coronavirus, hombre de 41 años, diabético y con sobrepeso. Estaba bien, dijo su familia, hasta que asistió a un concierto de rock el 3 de marzo. En quince dÃas (o quince noches), acabó con él.
Nerviosismo, manos sudadas pero, en el fondo, escepticismo. Se mueren los frágiles, los “tocadosâ€, decÃa uno.
Y el 30 de abril, la triste noticia: murió Óscar Chávez de Covid-19. El intérprete de “Por tiâ€, “Mariana†y “Se vende mi paÃs†andaba en planes de cantar de nuevo. Lo habÃan internado el 29 de ese mes con fiebre alta y dificultades para respirar; al dÃa siguiente falleció.
Mientras se hablaba de la enfermedad y el final de Óscar Chávez, cayó en medio otra noticia funesta: morÃa el cantante romántico Yoshio, vÃctima de lo mismo. Al pobre lo habÃan internado por salmonela; a los pocos dÃas, se le cambió el diagnóstico a SARS CoV-2. Era el 13 de mayo.
Definitivamente, la infección ya no era exótica, lejana ni mansa.
Como todos los mexicanos, volteé a ver al Gobierno Federal para hacerme de algunas recomendaciones. QuerÃa saber en qué consistÃa el mal, cómo se contraÃa y cómo podÃa evitarlo. Para estas y otras respuestas apareció en escena Hugo López-Gatell, subsecretario de Salud. El otro, Andrés Manuel López Obrador, siempre habÃa estado ahÃ, pero ahora pedÃa la atención del público para hablar de la pandemia. TenÃamos, entonces, a dos autoridades para tratar la cuestión.
El Presidente de la República nada puede opinar sobre patologÃas y tratamientos; es licenciado en Ciencias PolÃticas, no médico. Sin embargo, su fuerte es la honestidad (o eso ha dicho siempre) y nos informarÃa del caso con la mayor responsabilidad.
Hugo López-Gatell, ese sÃ, es doctor en epidemiologÃa y especialista en medicina interna. De él vendrÃan las explicaciones principales sobre el tema. Me urgÃa, sobre todo, estar prevenido o resguardado del virus. Todos compartÃamos la idea, más o menos clara, de que la enfermedad se transmitÃa por contacto directo con un infectado o por superficies y objetos contaminados. Como otras enfermedades respiratorias, el coronavirus ingresaba por los ojos, la nariz o la boca.
Aprendimos, también, a identificar las señales: fiebre alta, tos seca y anosmia (pérdida del olfato); sentir fatiga y falta de aire condenaba al paciente a conectarse a un ventilador. Si hubiera bastado con estas alertas, con reconocerlas a tiempo, muchas personas estarÃan hoy aquÃ. Pero quedaban los asintomáticos, seres “sanos†sin dolencias, marcas ni morbidez; estos actuaron como surtidores de coronavirus en la propagación de la enfermedad y los decesos. Por más atención que se tuviera, el asesino era invisible.
Nos dejamos de saludar, de abrazarnos y hasta de besarnos, pero era lo mejor; hicimos del aseo de manos (con jabón o gel antibacterial) un ritual frenético. Encima de todo, se nos impuso la orden de aislarnos en casa, de no salir, del distanciamiento social. Ello supuso un golpe terrible para la economÃa y la subsistencia familiar.
Un momento, dijo alguien, no caigamos en la exageración. Se puede usar cubrebocas o mascarillas; protegen, filtran, cubren; eso hacen en Alemania, en Francia, en China y donde la pandemia esté. Aquello me pareció una propuesta sensata si querÃamos estar protegidos hasta cierto punto, y continuar con algunas actividades básicas.
Era la respuesta, según varios especialistas, para disminuir los contagios causados por los asintomáticos, ya que todas las personas, enfermas o no, debÃan usarlo. Subrayo: disminuir.
Nuestra jefa de Gobierno en la Ciudad de México, Claudia Sheinbaum, se colocó el cubrebocas y jamás se ha presentado sin uno. Me di por advertido.
El Presidente de México, en cambio, se rehusó a adoptarlo. López Obrador sale todas las mañanas con la boca descubierta y habla dos, tres o más horas. ¿Acaso no corrÃa riesgos? Era necesario exigirle una explicación.
Pero no estaba solo; Donald Trump y Jair Bolsonaro tampoco aceptaban este accesorio, ambos, por cierto, los menos brillantes entre los estadistas mundiales.
Sheinbaum, sÃ; el Presidente, no. Fuera de México, cubrebocas por doquier; dentro, muchas ausencias. ¿Quién tenÃa la razón?
Y vinieron las palabras de López Obrador: “Me dice el doctor Hugo Lopez-Gatell, que es el que me orienta y el doctor Alcocer, que no es indispensable†(2 de diciembre).
Desde ese instante he querido responderle al Jefe del Ejecutivo; me queman las ansias por corregirlo. TenÃa que oÃr el peligro que acecha a uno por el sÃndrome agudo respiratorio. Pero, ¿era yo la persona indicada?
El epidemiólogo del caso, Hugo López-Gatell, más bien coincidÃa en desusar la cubierta para boca y nariz. “Si yo me pongo un cubrebocas de estos, convencionales, no me disminuye notoriamente el que yo pueda adquirir… coronavirus†(2 de marzo). Y terminó asÃ: “Sepan ustedes que no hay evidencia cientÃfica que muestre que realmente sirveâ€.
Bueno, ¿quién está mal? En las capitales europeas, la gente anda con cubrebocas. Es poco razonable que los alemanes sepan menos que el funcionario mexicano. Se puede ver también que los utilizados allá son los mismos o parecidos a los de acá, hechos de varias capas de tela.
De responderle al Presidente van a descalificarme por razones polÃticas, por lealtad a su persona. Si refuto a López-Gatell, van a protestar por mi incompetencia cientÃfica. “Y tú, eres epidemiólogo?â€.
Es que no puede haber dos verdades, y me pesa la opinión calificada del Subsecretario. Los que usamos cubrebocas (incluida la jefa de la Ciudad de México) no somos ingenuos. En esas estaba cuando llegó a mà el estudio Community Use of Cloth Masks to Control the Spread of SARS-CoV- 2, del CDC (Centers for Desease Control and Prevention).
Se citan cinco casos, pero voy a compartir dos, a saber:
“En un estudio de 124 hogares de Beijing con > 1 caso … de infección por SARS-CoV-2, el uso de mascarillas por parte del paciente Ãndice y los contactos familiares, antes de que el paciente Ãndice desarrollara sÃntomas, redujo la transmisión secundaria dentro de los hogares en un 79% “.
“Un estudio de un brote a bordo del USS Theodore Roosevelt, un entorno notable por las viviendas colectivas y los trabajo cercanos, encontró que el uso de cubiertas faciales a bordo se asoció con una reducción del riesgo del 70%â€.
Cuando leÃa las partes finales, punto por punto, recordé las palabras de López-Gatell como si oyera su voz: “Sepan ustedes que no hay evidencia cientÃfica que muestre que realmente sirveâ€. Enlisto, a continuación, las conclusiones del artÃculo de marras:
- “Se recomienda el uso comunitario de máscaras, especÃficamente máscaras de tela multicapa sin válvula, para prevenir la transmisión del SARSCoV-2â€.
- “Las máscaras de tela no solo bloquean eficazmente la mayorÃa de las gotas grandes (es decir, de 20 a 30 micrones y más) sino que también pueden bloquear la exhalación de finas gotas y partÃculas (también conocidas como aerosoles) de menos de 10 micronesâ€.
- “Las máscaras de tela multicapa pueden bloquear hasta el 50-70% de estas gotas y partÃculas finas, y limitar la propagación hacia adelante de las que no se capturanâ€.
El cubrebocas es el único aditamento para salir a la calle o entrar a lugares concurridos. “Se estima que (los asintomáticos y presintomáticos) son responsables de más del 50% de las transmisionesâ€. Más vale desconfiar de la apariencia saludable de los demás.
El estudio Community Use of Cloth Mask contiene 45 referencias cientÃficas que lo fundamentan, y puede consultarse en este enlace (edición bilingüe) Scientific Brief: Community Use of Cloth Masks to Control the Spread of SARS-CoV-2 | CDC.
A decir verdad, me importa poco desmentir a Andrés Manuel López Obrador o a Hugo López-Gatell en este tema. Me preocupa más la indolencia de la gente a protegerse o a seguir las medidas sanitarias, sobre todo el uso del cubrebocas. En mis viajes constantes he sorprendido a señoras y jóvenes sin ninguna cobertura a bordo del autobús.
Como me sorprende mucho, también, escuchar la música y la risa de la gente alrededor de mi casa, por las noches, en grandes convivios; las bodas y quinceañeras que reúnen a familiares y amigos, la carne asada con los compañeros de trabajo para ver los juegos de futbol, y hasta las peregrinaciones al templo de la Virgen.
Estas personas viven engañadas porque claramente son adultas, son conscientes y se cuidan de otros peligros. A ver, ¿en qué mundo viven? México no padece principalmente una crisis económica, ni de empleo, ni de seguridad; los tiene, en efecto, pero no principalmente, si hemos de confiar en los cientÃficos. En esta hora la emergencia es sanitaria: una nueva peste amenaza nuestras vidas.
Para actuar asÃ, despreocupados, tribales, sueltos, han de pensar que el Covid-19 es una enfermedad innocua como la gripe, que la vida sigue igual. Los desconfiados, en tanto, debemos usar cubrebocas en cualquier lugar, siempre, para desalentar esta negligencia. Porque cunde el mal ejemplo, y el mayor de todos pasa por televisión de lunes a viernes, a las 7 de la mañana, desde Palacio Nacional.