omo mexicano, te agradezco, Greta Thunberg, que hayas levantado tu voz con tanto coraje y emoción, en el foro de Acción Climática de las Naciones Unidas, pues sólo así podías capturar la atención del mundo sobre la amenaza del cambio climático.
“Me han robado mis sueños y mi infancia con sus palabras vacías. Y, sin embargo, soy de los afortunados. La gente está sufriendo. La gente se está muriendo.
“Estamos en el comienzo de una extinción masiva. Y de lo único de que pueden hablar es de dinero y de cuentos de hadas de crecimiento económico eterno. ¿Cómo se atreven?”
Tu emocionante discurso me hizo recordar que, cuando empecé a prestar atención al tema de la contaminación ambiental, en los años 70s, también quienes levantaban su voz se enfrentaban a la incredulidad y las burlas de gobernantes que desechaban los riesgos ecológicos como exageraciones sin fundamento.
El gran evento mundial de mi época de adolescente fue la Conferencia de Estocolmo sobre el Medio Ambiente de 1972, convocada por la ONU, el primer foro internacional en donde se discutía la contaminación que ya entonces ahogaba a nuestra ciudades y campos.
Pude leer en la prensa, lo recuerdo, una parte de la Declaración sobre el Medio Humano emitida al final de la Conferencia, en donde se decía que “hemos llegado a un momento de la Historia en que debemos orientar nuestros actos en todo el mundo atendiendo con mayor solicitud a las consecuencias que puede tener para el medio”.
Se agregaba que “por ignorancia o por indiferencia, podemos causar daños inmensos e irreparables al medio terráqueo del que dependen nuestra vida y nuestro bienestar.
“Por el contrario, con un conocimiento más profundo y una acción más prudente, podemos conseguir para nosotros y para nuestra posteridad unas condiciones de vida mejores en un medio más en consonancia con las necesidades y aspiraciones del hombre”.
Lo que has dicho en la ONU, 47 años después de la Conferencia de Estocolmo, resuena con la misma fuerza de entonces, con el agravante de que casi medio siglo después los problemas del medio ambiente, lejos de aliviarse, se han agravado.
Tú, Greta, eres ahora esa generación a la que en Estocolmo se pensaba legar un mundo mejor, y que no se ha cumplido.
Esa deuda generacional te la debemos a ti y a jóvenes como tú que alrededor del mundo se han volcado en calles y plazas, por cientos de miles en cada lugar, para hacer su reclamo: ¿por qué sus gobernantes y las generaciones de adultos no ven la gravedad del cambio climático?
¿Por qué no hay una respuesta inmediata, una acción internacional concertada, recursos en gran cantidad destinados a prepararnos para los efectos del inminente cambio?
Fueron en vano las palabras expresadas en Estocolmo en 1972, y que despertaron en mí, cuando yo tenía tu edad, el mismo deseo de cambiar las cosas, sacudir conciencias, reclamar junto con mi generación por la contaminación del planeta.
“Nos están fallando”, dices con firmeza. “Pero los jóvenes están empezando a entender su traición. Los ojos de todas las generaciones futuras están sobre ustedes. Y si eligen fallarnos, nunca los perdonaremos”.
“No dejaremos que sigan con esto. Justo aquí y ahora es donde trazamos la línea. El mundo se está despertando. Y se viene el cambio, lo quieran o no.”
Gracias, Greta, por recordarme que en 1972, cuando se discutió por vez primera a nivel mundial el riesgo de dañar al medio ambiente, mi generación empezó a reaccionar en México y se levantaron voces y voluntades para hacer conciencia.
Ahora, en 2019, tú y tu generación tienen la estafeta en sus manos, ¡adelante!