Darío Fritz

El nuevo orden mundial se ha instalado. La ley del más patán y guerrero se impone en la selva. La administración Trump lo ha dejado claro para América Latina.


Cuando niño en el verano del sur, la fiesta navideña tomaba los simbolismos extraños de la nieve adosada al arbolito y luces de colores que allí morían.


Si hay alguien que puede llamar a cuentas al periodismo es cada lector y la audiencia, no los funcionarios de la justicia y del poder político enhebrando presiones arbitrarias.


En vísperas de otro año que se va no hay lugar para el aburrimiento ni para dejar de acumular sapos de tanta cosa que ocurre por ahí afuera. 


Con la imposición autoritaria de decidir lo que se le antoja, escenificado en oídos que fueron atendidos y en realidad nunca escuchados, la acumulación del desencanto social avizora como mecha.


En 2004 como en 2025 nadie se ha querido hacer cargo de ponerle pecho al enojo de miles que sí tienen un genuino sentimiento de fastidio por la criminalidad rampante y una corrupción en estado de gracia. 


Tanto la falsa como la real generación Z pueden convertirse en el corto plazo en tentación para una marea de rechazos con ideas conservadoras y de derecha que en realidad traerán aparejadas una inequidad mayor.


Las teorías extravagantes prenden como chispa cuando la información se oculta.


El incidente en la calle del Centro Histórico capitalino tiene un dejo a esos puñetazos del boxeo que dejan tambaleante a la víctima. No fue tragedia, pero pudo serlo.


Nayib Bukele tiene bajo  su control a jueces y legisladores que pueden hacer de los caminos de la ilegalidad la legalidad a la medida, una especie de terrorismo de Estado.


Contenido reciente