Hay historias que no empiezan igual, y por eso terminan distinto.
En un salón de clases, dos niños aprenden a leer. Uno, motivado por su maestro, llega a casa y encuentra a su madre que lo acompaña, le explica y despierta su curiosidad.
El otro no. Al principio, la diferencia es mÃnima, casi invisible. Pero con el tiempo, la brecha se ensancha.
El primero avanza; el segundo comienza a rezagarse. No por falta de talento, sino por desigualdad en el punto de partida.
A este fenómeno se le conoce como Efecto Mateo: “al que tiene, se le dará más; y al que no tiene, aun lo poco que tiene le será quitadoâ€, escribió el evangelista hace dos mil años.
La cita bÃblica no es una metáfora moral, sino una realidad acumulativa.
En la ciencia, los investigadores más reconocidos reciben más recursos y visibilidad, mientras otros trabajos, igual de valiosos, permanecen ocultos.
En la economÃa sucede algo similar: el capital tiende a multiplicarse. Quien accede a educación, redes y oportunidades amplifica sus ventajas; quien no, arranca en desventaja.
El problema es que el Efecto Mateo convierte pequeñas diferencias en grandes distancias. Y lo hace en silencio, hasta que los resultados parecen inevitables.
En México lo vemos todos los dÃas: en la niña que deja la escuela, en el joven sin acceso a internet, en el talento que no encuentra financiamiento. Y no es por falta de capacidad, sino por falta de condiciones.
Por eso, hablar de igualdad implica atender el origen. La tarea es emparejar los puntos de partida, para que el mérito compita sin desventaja.
En este mes de la niñez, no basta con que ninguna niña o niño se quede sin estudiar.
El verdadero reto es que lo hagan en condiciones dignas: con herramientas, acompañamiento y oportunidades reales.
Corregir el Efecto Mateo no es caridad. Es inteligencia colectiva.
El talento está en todas partes; las oportunidades, no. Seguir apostándole a cerrar las brechas no es solo justo: es la mejor inversión en nuestro futuro.