En México, la tragedia irrumpe: se administra. Se dosifica. Se explica. Se diluye. Y cuando estorba, se desplaza fuera del encuadre, como si bastara moverla unos metros —más allá de una barda perimetral— para que deje de existir.
Cinco muertos. Esa es la cifra oficial. Cinco personas que murieron calcinadas tras el desbordamiento de aguas aceitosas en las inmediaciones de la refinerÃa Olmeca, en Dos Bocas, Tabasco, luego de lluvias que provocaron acumulación de residuos y su posterior ignición.
Cinco muertos… sin historia. Sin nombre público claro. Sin relato que los devuelva al centro de lo que deberÃa importar: la vida humana.
El dato incómodo rebasa la muerte y se instala en su contexto. El incendio ocurrió —según la versión oficial— fuera de la refinerÃa. Como si la semántica pudiera extinguir el fuego. Como si el origen industrial del desastre quedara separado, por decreto, de sus consecuencias.
Ese matiz —afuera, lejos del perÃmetro formal— adquiere sentido polÃtico.
Porque en el mismo espacio donde ardÃa el combustible acumulado por negligencia o imprevisión, hay escuelas. Niños. Familias. Padres que han denunciado afectaciones y exigido reubicaciones durante años sin respuesta suficiente.
El discurso oficial, fiel a su liturgia, insiste en la normalidad: ausencia de riesgo, control de daños, continuidad operativa.
Pasa nada.
Y, sin embargo, ocurre todo.
Ocurre que una obra emblemática del sexenio de Andrés Manuel López Obrador vuelve al centro de la conversación pública por sus fallas. Ocurre que reportes sobre riesgos ambientales, decisiones aceleradas y evaluaciones incompletas resurgen con cada incidente, como si la refinerÃa estuviera construida también sobre advertencias ignoradas.
El lenguaje oficial se ha vuelto una herramienta de contención: incendios que se convierten en “eventosâ€, derrames que se transforman en “incidentesâ€, accidentes que pierden gravedad en el boletÃn. La realidad se suaviza, se encuadra, se fragmenta en cápsulas informativas cada vez más breves.
Y el silencio adquiere forma institucional.
Resulta revelador que el hecho haya coincidido con el aniversario de la Expropiación Petrolera, fecha que el poder convierte en sÃmbolo de soberanÃa energética. Mientras se evocaba el pasado heroico, el presente ardÃa —literalmente— sin ocupar el centro del discurso.
Ahà aparece un método.
En la lógica de las obras insignia, el relato de los trenes que no se descarrilan, que “se sale de su trayectoriaâ€, "Interrupción de Flujo Sobre la VÃaâ€, o simplemente anomalÃas. Maquinaria que no colapsa, que “se deslizó hacia el piso" maquinaria, se comunicó que esta "se deslizó hacia el piso" cambia de nombre cuando ocurre un percance; el incendio que se desplaza fuera del perÃmetro; la tragedia que se encapsula en una cifra manejable.
Eufemismos que buscan distorsionar la realidad, matizarla.
Se suma otra constante: la dilución de responsabilidades. La falla técnica se traslada hacia operadores, condiciones climáticas o factores aislados. La cadena de decisiones —esa que antecede al accidente— queda fuera del mismo nivel de escrutinio.
En ese vacÃo crecen las sospechas. Versiones sobre corrupción, redes de influencia e intereses cercanos al poder circulan con fuerza. Señalamientos que, aun sin pruebas concluyentes en muchos casos, encuentran terreno fértil en la opacidad. Donde falta información clara, la especulación ocupa su lugar.
El problema trasciende lo que ocurre; se instala en lo que se minimiza.
La refinerÃa de Dos Bocas rebasa su carácter de infraestructura energética: es un sÃmbolo polÃtico. Y como todo sÃmbolo, exige protección. Frente a los incendios, frente a su significado.
Cada tragedia se reduce. Cada falla se contextualiza. Cada muerte se encapsula.
Cinco muertos.
Cinco nombres que permanecen ausentes.
Cinco historias que quedan fuera de la celebración.
En México, la tragedia irrumpe: se administra. Se dosifica. Se explica. Se diluye.
Y cuando estorba, se desplaza fuera del encuadre.
Porque aquà pasa nada.
Tiempo al tiempo.