La caÃda de Nemesio Rubén Oseguera Cervantes, El Mencho, fue presentada como un parteaguas histórico: el criminal más poderoso del mundo habÃa sido neutralizado.
Durante más de una década encabezó una organización que dejó de ser un simple cártel para convertirse en un sistema de dominación territorial, económica y violenta: el Cártel Jalisco Nueva Generación. Se trataba de administrar rutas, imponer tributos, controlar poblaciones y sostener un ejército irregular con disciplina casi militar.
El ascenso de El Mencho respondió a una arquitectura precisa. Su estructura de mando descansó en una lógica familiar: hijos, hermanos y operadores polÃticos y financieros formaron un entramado que blindó la organización. La familia funcionó como red de control. Esa fue su fortaleza y también su condena.
De acuerdo con investigaciones judiciales en Estados Unidos, los Oseguera entregaron más de 6 mil millones de dólares como parte de acuerdos de colaboración y decomisos financieros, cifra que revela la magnitud del negocio y su carácter industrial.
La operación que terminó con su captura fue un acto binacional. Inteligencia estadounidense, seguimiento financiero y localización tecnológica confluyeron con tropas mexicanas. Hubo presencia de señales satelitales, intercepciones y cooperación silenciosa.
La soberanÃa se ejerció con auxilio externo, paradoja que define la lucha contra el narcotráfico: combatir un fenómeno transnacional con fronteras jurÃdicas rÃgidas.
La reacción del cártel fue inmediata y feroz. Más de 250 bloqueos carreteros, camiones incendiados, comercios obligados a cerrar y ciudades paralizadas durante horas. Hubo muertos de ambos bandos: sicarios, fuerzas de seguridad y civiles atrapados en la demostración de fuerza. El mensaje fue inequÃvoco: el jefe cayó, la maquinaria siguió funcionando.
En el fondo de esa maquinaria está la narconómina, revelada en los libros contables hallados en guaridas del lÃder: pagos semanales a halcones, sueldos a sicarios, compra de armas, renta de casas de seguridad, sobornos a policÃas municipales y gastos para propaganda criminal. Era una empresa con nómina, logÃstica y expansión territorial. Cada plaza producÃa, cada ruta generaba, cada comunidad controlada aportaba.
En el plano polÃtico, la presidenta Claudia Sheinbaum habló de un golpe contundente contra el crimen organizado, pero aclaró de inmediato que la estrategia seguirá intacta. Modificarla implicarÃa desautorizar el legado de su mentor, Andrés Manuel López Obrador. El mensaje fue doble: firmeza frente al narco, continuidad frente al pasado. La captura se volvió sÃmbolo y lÃmite: acto espectacular dentro de una polÃtica que evita reconocer sus fisuras.
La eliminación de El Mencho produce una ilusión peligrosa: la del final. El narcotráfico es una economÃa paralela, alimentada por la demanda internacional, por la pobreza local, por la corrupción institucional y por la normalización de la violencia. Cuando cae una cabeza, surgen dos. Cuando se desmantela una ruta, se abre otra. Cuando se celebra una captura, alguien más ocupa el vacÃo.
Por eso, esta historia termina —si acaso— con una advertencia: el narcotráfico es un monstruo de mil cabezas. Muere cuando se le quita el alimento. Mientras existan territorios sin Estado, mercados con demanda infinita y autoridades vulnerables, el monstruo seguirá regenerándose.
La caÃda de El Mencho constituye un hecho mayor. Confundirlo con una victoria definitiva serÃa un error histórico. El sistema permanece; apenas se ha derribado a uno de sus administradores. Y el monstruo, como siempre, ya busca un nuevo rostro.
Tiempo al tiempo.