Después de tantas emociones que nos dejó el Mundial de futbol, de la ilusión que provocó la Selección Mexicana y de la inevitable vuelta a la realidad, llegó el momento de hacer cuentas.
El Gobierno de México publicó las cifras oficiales de las tres sedes mundialistas: 7.8 millones de viajeros nacionales e internacionales, una derrama turÃstica superior a 42 mil millones de pesos y 130,900 empleos generados. La ocupación hotelera promedio fue de 66% y alcanzó entre 85% y 90% durante los dÃas de partido. Además, los aeropuertos de las ciudades sede movilizaron 6.4 millones de pasajeros.
Hace algunos meses tuve la oportunidad de asistir a un par de foros organizados por Forbes para hablar especÃficamente del Mundial. En ellos participaron representantes de FIFA, dirigentes de la Federación Mexicana de Futbol, analistas y autoridades. Las expectativas sobre lo que el torneo podÃa generar para las tres ciudades sede eran muy altas. A la luz de los primeros resultados, considero que el balance es positivo, aunque quizá no alcanzó todo lo que se esperaba.
La Ciudad de México reportó, por sà sola, una derrama económica de 25,865 millones de pesos y 4.4 millones de viajeros. Monterrey registró más de 10 mil millones de pesos de derrama económica, 1.1 millones de visitantes y más de 490 mil turistas hospedados. Además, el FIFA Fan Festival de Fundidora recibió 2.5 millones de personas. Guadalajara, por su parte, reportó una derrama cercana a los 7 mil millones de pesos.
En una de mis columnas anteriores comenté que, desde mi percepción, Monterrey no parecÃa vivir el ambiente mundialista que se esperaba. Sin embargo, los datos oficiales muestran que la actividad económica y turÃstica sà fue significativa. Eso también es importante reconocerlo: la percepción no siempre refleja toda la realidad.
Durante meses hablamos de si México estarÃa listo para recibir el Mundial. Después discutimos si las ciudades habÃan estado a la altura. Ahora que terminó, llegó el momento de medir el verdadero resultado.
Un Mundial no se mide solamente por los goles, los estadios llenos o la derrama económica. También por la cantidad de visitantes que regresarán, la imagen que se llevan del paÃs, las inversiones que puedan generarse, la infraestructura que permanecerá, el posicionamiento internacional que hayan ganado nuestras ciudades y la capacidad de las empresas para aprovechar la exposición global.
La verdadera derrama de un Mundial no termina cuando se va el último turista. Empieza cuando termina el último partido.
El torneo puede haber sentado las bases para atraer turismo recurrente, inversiones y nuevas oportunidades, mejorar la conectividad y seguir reconstruyendo la reputación de México en el mundo. Pero eso requiere mucho más que buenas intenciones. Requiere estrategia, continuidad y, sobre todo, decisión para ejecutar más allá de los reflectores.
El Mundial nos demostró, una vez más, que sà podemos hacer las cosas bien cuando el mundo nos está mirando. Ahora viene el verdadero reto: demostrar que también podemos hacerlo cuando las cámaras se hayan ido.
¿Quién está construyendo la narrativa de lo que sigue? ¿Se concluirán las obras que quedaron pendientes? ¿Qué quedará realmente después del Mundial?
La ciudadanÃa tendrá que exigir respuestas y resultados. Porque el partido terminó, pero la oportunidad apenas comienza.