Héctor Guerrero

LOS TOCABLES
La caída del hoy morenista muestra, con crudeza, cómo el sistema político mexicano sigue abierto a la captura de personajes cuyo único talento es el grito, cuyo único programa es la rapiña, cuyo único horizonte es el beneficio personal disfrazado de lucha social. 


Es imposible no verlo como el Alfredo Adame de la política mexicana: un personaje que grita, golpea, dramatiza y se presenta como víctima mientras todos observamos entre el asombro y la risa contenida.


La contradicción en el Proyecto Portero exhibe de nuevo el desencuentro crónico entre México y la DEA, una relación hecha de mutuas suspicacias, desconfianza, ofensas soterradas y, sobre todo, soberanías heridas.


La justa medianía, convertida por la 4T en símbolo moral, no era sólo un ajuste contable, sino un mandato político: vivir como la gente a la que se representa.


Andrés Manuel López Beltrán haría bien en recordar que predicar con principios exige vivir conforme a ellos. No se trata de legalidad, sino de ética política.


El margen de estos 90 días no debe engañar. No es un periodo de gracia, sino un compás de espera bajo presión. México necesita construir una defensa firme del acuerdo trilateral antes del 1 de noviembre.



Tras el escándalo Bermúdez, no hay margen para recomposición para Adán Augusto. Su responsabilidad política no requiere del debido proceso. el juicio ya se ha hecho en la opinión pública.


Resulta inadmisible que un funcionario de tan alto nivel continúe ejerciendo poder político sin enfrentar un proceso de esclarecimiento público.


El problema no es solo legal. Es profundamente político e institucional. La Ley General contra la Extorsión será otro proyecto que suena bien en tribuna pero fracasa en la calle.


Bajo el discurso de la transformación digital y la eficiencia gubernamental, se está gestando un modelo de control poblacional y de ejercicio autoritario del poder.


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